sábado, marzo 08, 2008

Testimonio de Juan Vives: un documento con vigencia 1

Informe Uruguay/Servicios Google

por Fernando Pintos

Ahora que Fidel Castro está bien muerto y enterrado, a pesar de ese ridículo vodevil mediático que ha improvisado la Nomenklatura cubana, en su pánico cerval frente a una eventual explosión libertaria en la desdichada tierra mátir del apóstol Martí —es de prever que una vez desencadenado, ese pueblo podría dar, a todos ellos, un final muy parecido al que sufrió Benito Mussolini en 1945—, quiero compartir con ustedes una de las grandes entrevistas/reportaje que realicé cuando todavía estaba en Uruguay. Corría el año de 1984 y aquél era «el Uruguay del Proceso», un país y un tiempo que, vistos ahora y comparados con el ahora de este país desgobernado por los compañeritos y camaraditas del Frente Amplio/Encuentro Progresista, parecerían asemejar con un remanso de paz y prosperidad. En aquel momento, se desarrolló en Montevideo un Congreso Mundial y ahí me fue posible entrevistar a Juan Vives, disidente cubano exiliado en Francia y un talento destacado, tanto en el periodismo como la literatura. Aquel trabajo periiodístico, titulado «Juan Vives, un auténtico y valiente testigo de la entrega de Cuba al comunismo», se publicó en la edición Nº 15 (viernes 30 de marzo de 1984) del semanario «Nueva República», y estaba encabezado por una frase de José Martí que, extrañamente, parecía vaticinar el negro futuro que aguardaba a su país en la segunda mitad del siglo XX:

«…A veces ruge el mar,
y revienta la ola,
en la noche negra,
contra las rocas del
castillo ensangrentado…
A veces susurra la abeja,
merodeando entre las flores».

Para reproducir esta entrevista/reportaje respetaré en lo posible la tipografía con que fue publicada. Ahora, señalaré un detalle sugestivo: el texto mantiene vigencia absoluta y demuestra un conocimiento profundo del entrevistado sobre la realidad geopolítica de aquel momento. Y tanto así, que en los primeros meses de 1984 Juan Vives estaba anticipando el colapso de la URSS y sus satélites en 1991. Pasemos entonces a la extensa entrevista/reportaje, que comenzaba de la siguiente manera:

«… Con sólo diecisiete años, Juan Vives luchó junto al Che Guevara en la Sierra Maestra, contra las fuerzas del dictador Fulgencio Batista. Su brillante actuación como revolucionario de primera línea, le valió la promoción a cargos de importancia y responsabilidad, después del primero de enero de 1959, cuando la atormentada isla del Caribe trocó un tirano por otro, sin saberlo en aquel momento… Poco después, este hombre corpulento y de mirada franca tuvo a su cargo una importante misión en la DGI, el famoso Servicio Secreto cubano. Precisamente allí comenzó un largo proceso que lo llevaría a la disidencia y al viraje ideológico, una vez que estuvo absolutamente convencido de los nefastos resultados de la política entreguista de Fidel Castro, transformado rápidamente en obediente cipayo de los imperialistas moscovitas.

Esta radical transformación, llevó a Juan Vives a un enfrentamiento con las jerarquías castristas, acarreándole primero una persecución silenciosa, y luego el tránsito a las mazmorras de ese régimen policial. Pero, felizmente, hacia 1979 ciertas circunstancias confluyeron para lograr la liberación de Vives: su esposa francesa trabajaba sin fatigas en París para arrancarlo de las garras del comunismo, y el Presidente Valery Giscard D´Estaing decidió intervenir personalmente. A su vez —ironía suprema—, Fidel Castro deseaba promover una imagen “democrática y humanista”. Por ello, ese mismo año (1979) Vives fue liberado y pudo viajar a Francia, donde radicó definitivamente, con su señora y dos hijas. Poco después (1981), publicó un libro que rápidamente se transformó en best-seller a nivel mundial: “Los amos de Cuba” donde se brinda una aguda visión de los trasfondos, falencias y sordidez de uno de los regímenes totalitarios más crueles del siglo XX. Pero eso no bastaría. Juan Vives rechazaba ser un espectador más o menos pasivo de la gran tragedia que enluta día tras día su patria y amenaza con devorar el mundo en un par de décadas más. La lucha contra el imperialismo comunista se convirtió en una de las metas esenciales para este hombre brillante y sufrido, para este batallador infatigable cuya personalidad reúne dos facetas que raramente confluyen: el intelectual y el hombre de acción.

De tal guisa, actualmente Juan Vives escribe libros, dicta conferencias y publica artículos periodísticos de alto nivel, no sólo en esa Francia que se ha transformado en su segundo hogar, sino también en casi todo el Hemisferio Occidental. Fue una suerte encontrarlo en el marco de una importante convención recientemente realizada en Montevideo y, como consecuencia de ello, tener la posibilidad de entrevistarlo en profundidad sobre temas de lamentable actualidad. Porque cada día que pasa, la escalada comunista aumenta contra los países occidentales, adhiriendo a diversas formas, caras (o máscaras) y estilos… Porque hoy día, vivimos un punto álgido de esa Tercera Guerra Mundial —no convencional, claro— que se inició con el fin de la Segunda Gran Guerra… Porque, en el marco de esta lucha ciclópea librada a nivel planetario, así como en los cuerpos, mentes y almas… En este inmenso conflicto de ribetes cosmogónicos, donde el Bien y el Mal se enzarzan en la batalla final, Juan Vives es un valeroso, incansable guerrero en nuestras filas…Y en vista de ello, tiene mucho que decir al respecto.

—Usted participó en la Revolución cubana, distinguiéndose pese una extremada juventud y alcanzando posiciones de destaque dentro del Régimen iniciado en enero de 1959. Llegó inclusive a ser uno de los personajes importantes del Gobierno cubano. Uno de esos personajes que mueven efectivamente los hilos tras bambalinas. ¿Por qué decidió abandonar la Cuba de Castro?
—En un régimen socialista, el ciudadano se encuentra oprimido, asfixiado por una serie de restricciones que ustedes, habitantes de países donde reina una libertad total o parcial, no pueden ni imaginar. El ciudadano de un país como ése, es simplemente un número al servicio de un Estado que no tiene ni frenos ni vallas. Un Estado súper poderoso; un Estado que no reconoce límites a sus potestades. Un Estado para el cual los derechos humanos son letra muerta. La Policía política está constantemente al acecho, y los delatores pululan por todas partes. Los hijos delatan a los padres y hasta los esposos se miran con mutua desconfianza. Los problemas económicos son totales, absolutos. Nunca como en el seno de una sociedad comunista, se puede sentir patentemente qué tan lobo del hombre es el hombre… Porque las diferencias de clase resultan abismales, aunque parezca mentira. Estos modernos adoradores del profeta Karl Marx han revertido totalmente la dialéctica marxista y las promesas utópicas del marxismo. Las sociedades marxistas son una farsa trágica. Le explico: en cualquier país de Occidente, más o menos avanzado económicamente, las diferencias de poder adquisitivo entre un obrero y un directivo de empresas son, aproximadamente, de uno contra ocho. Por cada dólar que gana el obrero, el otro recibe ocho. Pero en Cuba o la URSS, estas diferencias son abismales. Cuando un obrero gana un peso o un rublo, el equivalente comunista al ejecutivo occidental (esto es, un funcionario del Partido, un funcionario del engranaje estatal) gana cien o más pesos, cien o más rublos… La diferencia pues, es de uno contra cien, o más aún. Los capitostes comunistas son omnipotentes y no tiene el menor freno a sus apetitos o caprichos, y personajes como un Tacho Somoza, un Trujillo o un Fulgencio Batista, palidecen con la comparación. Leonid Brezhnev coleccionaba autos de lujo, y si lo hubiese deseado, podría haber coleccionado naves espaciales… Ahora, en el marco de un régimen de este tipo se dan grados o escalas. Y los peces grandes, como Rusia y China, se comen a los peces chicos, como Polonia, Albania, Checoslovaquia, Lituania, Hungría… Y Cuba. El Comunismo es el mayor mito político y económico del Siglo XX, pero es un mito infame y con pies de barro. Es, simplemente, el monopolio de una sociedad, para el capricho y el provecho de unos individuos. Y eso resulta inaceptable para cualquier persona civilizada, cualquier persona con cierto criterio. A nadie le gusta ser un títere, a nadie le gusta ser esclavo… A mí no, al menos.

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