miércoles, noviembre 28, 2007

Las encrucijadas del nacionalismo radical (7)

ENRIQUECIMIENTO DESDE EL ESTADO

Servicios Google/Revelión, España

En la reiteración del sendero mexicano trabajan activamente los promotores de la “Boli-burguesía”, es decir los sectores que aprovechan el boom petrolero de los últimos años para enriquecerse. Son banqueros que lucran con la intermediación de títulos públicos, contratistas que obtuvieron jugosas licitaciones, importadores que aprovechan la fiebre de consumo dispendioso y empresarios que no invierten pero remarcan precios, generando un círculo vicioso de baja oferta y alta inflación10.

La expansión de las nacionalizaciones que caracteriza al proceso bolivariano -no solo en el área petrolera, sino también en telefonía, electricidad o agua- así como la anulación de la autonomía del Banco Central podrían llegar a ser funcionales a este proceso de reorganización capitalista. Cómo se demostró en la era del PRI mexicano, las estatizaciones pueden ser orientadas al servicio de los poderosos.

La misma tendencia a transformar un gobierno surgido de la sublevación popular en un régimen de nuevas elites existe en Bolivia. Es el proyecto de “capitalismo andino” que propicia el vicepresidente García Linera. Se apoya en la expectativa de utilizar la nueva renta que aportarán los hidrocarburos para industrializar el país, en beneficio de la clase dominante. Este programa supone que “un gobierno de los movimientos sociales” permitirá “redistribuir el poder”, a favor de “la economía comunitaria, el capitalismo y el pos-capitalismo”11.

Pero estos objetivos no son conciliables. Cuándo un gobierno apoyado por las masas apuntala a los grandes empresarios, deja de expresar los intereses de los movimientos sociales. Puede ejercer un arbitraje entre capitalistas, pero no favorece a los oprimidos. Sanciona a los financistas a favor de los industriales, beneficia a los empresarios locales frente a sus competidores extranjeros, pero no incentiva la economía solidaria, ni prepara una transición socialista. Simplemente convalida una variante de capitalismo, que a la larga es muy adversa para los intereses populares.

En este esquema la nueva renta de los hidrocarburos tendería a financiar la acumulación y no la reforma agraria, los aumentos de salarios o las mejoras sociales. Los peligros de este modelo ya se están visualizando en Bolivia, en la postergación de las demandas salariales, la escasa redistribución del ingreso y la opción por el modelo menos radical de nacionalización de los hidrocarburos. Las mejoras de la rentabilidad y de la situación fiscal continúan sin traducirse en avances sociales.

Los proyectos de capitalismo de estado arrastran en Bolivia una historia de frustración muy superior a cualquier antecedente de México o Venezuela. El experimento clásico del MNR entre 1952 y 1956, no solo mantuvo intacto el pavoroso atraso del país, sino que concluyó en una involución pro-imperialista de su propio gestor. Luego de nacionalizar las minas, Paz Estensoro lideró la apertura al capital extranjero, el aumento de la deuda externa, el sometimiento al FMI y la entrega del petróleo a la Gulf Oil Company.

Actualmente existen presiones para sustituir la catastrófica experiencia neoliberal de 1985-2003 por un nuevo ensayo de capitalismo regulado. Pero los sectores capitalistas tienen grandes aspiraciones de lucro inmediato y poca predisposición para aceptar la supervisión estatal. En un país sometido a dislocantes tensiones regionales y con gran presencia del movimiento popular, el margen para gestar una nueva burguesía desde el estado es muy estrecho. Este espacio es significativamente menor al que tuvo el antecedente mexicano o mantiene el ensayo venezolano12.

Un panorama semejante se observa en Ecuador. Históricamente el país quedó estructurado en torno a dos sectores dominantes: los agro-exportadores de la costa y la oligarquía de la sierra, que no avalaron los intentos de modernización desarrollista de los años 1960-70. El legado reciente de dos décadas de ajuste neoliberal, estancamiento productivo y colapso financiero acentúa la falta de cohesión para un nuevo modelo capitalista. El país carga, además, con el corset de la dolarización y la inestabilidad financiera que recrean las remesas de los emigrantes y la incidencia del narcotráfico13.

La política exterior independiente y en conflicto con Estados Unidos que actualmente implementan Venezuela y Bolivia fue también ensayada por Cárdenas. Esta autonomía constituyó incluso la nota distintiva del PRI durante décadas. México fue el único país Latinoamericano que mantuvo relaciones con Cuba en los picos de la agresión norteamericana. La hidalguía de Chávez frente a Bush y la firmeza de Morales frente a diplomáticos que actúan como virreyes son actualmente aplaudidas en la región y contrastan con las posturas conciliatorias de los presidentes de centroizquierda. Pero esas actitudes pueden pavimentar una ruptura radical con el imperialismo o simplemente anticipar conductas más independientes de las clases dominantes.

Especialmente Morales debe definir el sentido de los cambios que postula. Si desactiva el racismo, la masa de la población indígena habrá logrado un objetivo ambicionado desde hace siglos. Pero este entierro de un apartheid no es sinónimo de emancipación social. El ejemplo sudafricano actual demuestra cómo se puede consolidar la desigualdad, forjando grupos capitalistas provenientes de la etnia marginada.

El camino mexicano hacia el capitalismo de estado presenta en la actualidad un cariz regionalista. Es alentado por los nuevos socios de Venezuela en el MERCOSUR y especialmente por los empresarios argentinos o brasileños que desarrollan negocios cautivos con el Caribe, en áreas protegidas de la competencia norteamericana o europea. Este protagonismo de los capitalistas latinoamericanos constituye una significativa novedad en comparación al antecedente mexicano.

Los proyectos de capitalismo de estado actual nutren la tendencia neo-desarrollista, que emergió en América Latina como resultado de la crisis neoliberal. Este giro es propiciado por los sectores de la burguesía que han tomado distancia de la ortodoxia monetarista, luego de un período de fuerte concurrencia extra-regional, desnacionalización del aparato productivo y pérdida de la competitividad internacional. Manteniendo aceitados vínculos con el capital financiero, promueven cursos más industrialistas para favorecer el desarrollo de las nuevas transnacionales “Multilatinas” (como Slim, Odebrecht, Techint). Estas compañías lucraron con las privatizaciones, pero ahora priorizan los negocios industriales y jerarquizan el mercado regional.

Algunos teóricos de izquierda aprueban el rumbo neo-desarrollista, presentándolo como un paso intermedio al socialismo. Pero olvidan que la estabilización de ese curso bloqueará cualquier evolución anticapitalista. El precedente mexicano aporta una contundente confirmación de este ahogo y de su incompatibilidad con una perspectiva socialista14.

Muchos debates contemporáneos sobre la crisis del neoliberalismo se limitan a describir las opciones capitalistas alternativas, evaluando cuál tiene más posibilidad de concreción. Esta óptica elude valorar las opciones en juego y omite analizar sus implicancias anti-populares. Un retrato de la coyuntura actual, que no registre las consecuencias de los proyectos en disputa es totalmente insuficiente para la acción política de la izquierda. Nuestra revisión de las experiencias históricas regionales apunta a esclarecer esta intervención.

NACIONALISMO MILITAR

lunes, noviembre 26, 2007

EL ANTECEDENTE MEXICANO/Las encrucijadas del nacionalismo radical (6)

Servicios Google/Revelión España

La trayectoria seguida por la revolución mexicana ilustra otro desemboque posible de los procesos nacionalistas actuales. Este acontecimiento fue celebrado oficialmente durante décadas como un hito de la emancipación, pero en los hechos permitió la gestación desde el estado de una clase capitalista. Muchos relatos han ilustrado cómo los próceres revolucionarios se enriquecieron con los fondos públicos a costa de la mayoría popular.

Esta duplicidad entre el mito liberador y la realidad opresiva dominó durante décadas la vida política mexicana y debe ser observada con atención en Venezuela, Bolivia y Ecuador. La creación de un segmento de privilegiados -desde las propias entrañas de un proceso liberador- constituye uno de los grandes peligros que afrontan los procesos radicales de los tres países.

Esta tendencia se verifica en varios sectores que integran el chavismo y es promovida por el establishment regional, con más entusiasmo que la opción pinochetista o la variante nicaragüense. Este curso cuenta, además, con el explícito sostén de los gobiernos del MERCOSUR y de los empresarios argentinos o brasileños que están haciendo pingües negocios con Venezuela. Pero la repetición del camino mexicano no es gratuita. Requiere contener los avances populares y disipar las expectativas de mayores transformaciones sociales.

La revolución mexicana fue desgastada al cabo de tormentosas secuencias. La primera irrupción campesina de 1911 convirtió un conflicto entre fracciones moderadas en la mayor convulsión de la historia del país. Esta fase se agotó después de una década de enfrentamientos armados, que desembocaron en un gobierno de arbitraje entre los grandes sectores en disputa (derrota de los zapatistas y neutralización de los carrancistas en 1919).

Los oprimidos no triunfaron, pero tampoco fueron vencidos y la revolución quedó incompleta en la realización de sus objetivos de modernización. También fue interrumpida la concreción de las aspiraciones populares y esta indefinición desembocó en los años 30, en la reapertura de un proceso inconcluso. Con el renovado sostén de las movilizaciones obreras y campesinas, la fracción progresista de Cárdenas desplazó a los conservadores de Calles y reinició las reformas8.

Los seis años de gestión de ese presidente presentan varias analogías con el actual proceso bolivariano. Se implementaron mejoras sociales, reformas agrarias y varias expropiaciones de compañías petroleras norteamericanas. El impacto de estas medidas fue muy superior a la oleada de estatizaciones, que posteriormente implementaron otros mandatarios nacionalistas de la región, como Perón o Vargas.

Pero el propio Cárdenas orientó estas medidas hacia un nuevo desenvolvimiento del capitalismo mexicano. Incentivó la acumulación privada mediante la reducción de los impuestos, erigió un sistema bancario amoldado a las necesidades de los grandes grupos y auxilió con fondos públicos a los sectores empresarios en dificultades. Además, mantuvo una aceitada relación comercial con Estados Unidos y evitó la extensión de las nacionalizaciones al estratégico sector minero.

El complemento político de este esquema de capitalismo de estado fue la cooptación paternalista de los sindicatos obreros y campesinos. La burocracia de esas organizaciones fue consolidada a medida que se aislaba a la izquierda. Cuándo la etapa radical concluyó su cometido, Cárdenas abandonó la escena y el derechista Avila Camacho puso en marcha las medidas exigidas por los nuevos acaudalados. Allí comenzaron las tres décadas de monopolio político del PRI, que acentuaron la concentración de la riqueza en muy pocos sectores capitalistas.

Junto a la mistificación ritual de la revolución, el nuevo régimen político apadrinó la acumulación privada. Las conquistas populares fueron paulatinamente vaciadas y se disipó el contenido inicial que tuvo la eclosión de 1910. Los capitalistas utilizaron la legitimidad aportada por la revolución para estabilizar su dominación durante un largo período. Pudieron ahorrarse los costos e inconvenientes de las dictaduras sostenidas por sus pares del continente.

Esta trayectoria ilustra cómo un proceso que no se radicaliza termina borrando sus huellas progresistas. Reemplaza la gesta popular por un sistema de protección oficial de la clase capitalista. Si esta involución se repite en Venezuela, Bolivia o Ecuador, un giro conservador sucederá a la actual etapa cardenista de Chávez, Morales y Correa.

A diferencia de lo ocurrido en Chile o Nicaragua, esta regresión mantendría el mismo régimen político pero transformando su contenido. Del radicalismo inicial se pasaría a una recomposición del establishment, sin alterar la estructura de los símbolos gestados durante el período antiliberal. Las clases dominantes suelen aprovechar la permanencia de un hito liberador en la memoria de las masas para recrear su poder. Especialmente el PRI lucró en México con ese acervo ideológico, recurriendo a un discurso hipócrita de encubrimiento de su política de regimentación.

Venezuela ofrece un terreno propicio para ensayar esta repetición, ya que arrastra una importante tradición de capitalismo de estado. Hasta 1936 funcionaba como economía exportadora de productos agrícolas básicos, pero con la explotación del crudo se forjó una clase dominante local asociada con los multinacionales. Este sector se acostumbró a vivir de la renta petrolera junto a los gobernantes de turno. Todos los ensayos de industrialización, sustitución de importaciones y diversificación económica estuvieron signados por esta asociación, que generalizó además hábitos perdurables de consumismo parasitario e ineficiencia burocrática9.

Este despilfarro de los recursos públicos condujo a un enriquecimiento de la burguesía, que terminó empobreciendo al propio estado. Los desfalcos de la era neoliberal -entre 1983 y 1988- fueron el corolario del fracasado intento de solventar la formación de una clase capitalista competitiva con los recursos del Tesoro. A pesar de las cuantiosas sumas invertidas por el estado, en Venezuela no emergió una burguesía siquiera comparable a la existente en México, Brasil o Argentina. Una transición cardenista representaría otro ensayo para alcanzar esa meta.

Continuará.-

GIRO SOCIALDEMÓCRATA/Las encrucijadas del nacionalismo radical (5)

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Los desaciertos cometidos por el FSLN en la última etapa de gobierno condujeron a su caída. Estos errores no obedecieron a las dificultades militares (reintroducción de la conscripción), a la ceguera frente a ciertas demandas (autonomía de las minorías étnicas de la costa atlántica) o al verticalismo auto-suficiente de una conducción forjada en la lucha guerrillera. Ninguna revolución está exenta de este tipo de problemas. El retorno de la derecha por vía electoral no fue producto de estas equivocaciones.

Esa restauración conservadora no era inevitable, ni obedeció sólo a la “política orquestada por Washington” o al “contexto internacional desfavorable creado por el derrumbe de la URSS”. Ambos argumentos descalifican la discusión de un balance real, al transformar al enemigo en el único responsable de las frustraciones populares. Esta forma de razonar, con la vista atada al ajedrez geopolítico conduce a posturas pasivas o a imaginar que el socialismo se construirá mediante argucias diplomáticas. Repite el tipo de fantasías que eran tan frecuentes en la época de la Unión Soviética.

Lo que debe evaluarse es la responsabilidad política que tuvo la dirección sandinista en la recomposición de la derecha. Desde 1988 rechazaron en forma explícita toda perspectiva anticapitalista, objetaron el carácter “anticuado” del marxismo y desplegaron crecientes elogios al mercado. Esta visión condujo al estancamiento de la reforma agraria, al abandono de los proyectos sociales e incluso a la adopción de un ajuste exigido por el FMI. El giro conservador del FSLN -en un marco de ascenso neoliberal y colapso de la URSS- desconcertó a los militantes, desmoralizó a la población y abonó el terreno para el retorno de la derecha6.

Esta involución aporta una gran lección para los procesos actuales. Ilustra cómo el resurgimiento de los conservadores se apoya en el aburguesamiento de una dirección revolucionaria. La regresión socialdemócrata del Sandinismo le otorgó auditorio popular al predicamento derechista. La repetición de este escenario no está inmediatamente a la vista en Venezuela. Pero la derecha puede reconstituirse electoralmente con gran velocidad, ya que cuenta con estructuras, financiación y tradiciones para rehabilitarse en forma vertiginosa.

Hasta ahora la balanza electoral de Venezuela se ha inclinado claramente a favor de Chávez. Triunfó en ocho comicios consecutivos y últimamente alcanzó un récord del 60% de los sufragios, conquistando 20 de las 22 provincias y el 80% de las alcaldías. Pero también los Sandinistas lograban al principio éxitos contundentes, que los indujeron a fantasear con la infalibilidad electoral. Por eso la derrota de 1989 fue tan inesperada y fulminante. El FSLN quedó anonadado, perdió capacidad de reacción y acentuó su adaptación al orden capitalista. Este amoldamiento condujo a una transformación total de esa organización.

Antes de abandonar el gobierno muchos funcionarios se apropiaron de casas y terrenos, a través de un nefasto episodio de corrupción conocido como “la piñata”. Luego participaron de un gobierno de transición que convirtió a las milicias sandinistas en un ejército regular, aprobaron la devaluación, medidas de privatización y la devolución de fábricas expropiadas a sus viejos dueños. El corolario de estas decisiones fue la transformación del FSLN en un partido convencional, centrado en la actividad electoral y formalmente integrado a la social-democracia internacional.

Con este nuevo perfil Daniel Ortega ha retornado al gobierno el año pasado. Volvió con un vicepresidente que revistó en la contrarrevolución y con el compromiso de respetar el ajuste el FMI, los tratados de libre comercio con Estados Unidos y la supresión del aborto terapéutico exigido por la iglesia. Algunos analistas estiman que desde la conformación de un grupo empresarial acaudillado por Ortega, el Sandinismo ha quedado convertido en “Danielismo”. Negoció durante la década pasada con la derecha el reparto de los poderes del estado y se apoya actualmente en una fuerte estructura de prebendas. Se puede, por lo tanto, perder ciertas elecciones frente a la derecha y volver a ganarlas posteriormente, pero lo importante es lo que sucede durante el intervalo. El Sandinismo involucionó y si esta regresión se consolida, la nueva presidencia no servirá para recuperar el proyecto revolucionario7.

La neutralización del FSLN no transitó por la derrota sangrienta que impuso Pinochet, ni por la invasión imperialista que sufrió Granada en 1983. Tampoco padeció un golpe destructivo desde el interior del movimiento, semejante al soportado por la izquierda de Argelia en 1965. El Sandinismo se erosionó desde adentro, sin un desenlace de sus conflictos interiores y terminó cerrando todos los senderos para una transición socialista.

A diferencia de lo ocurrido en la URSS, Yugoslavia, China o Cuba, el FSLN gestionó al país durante una etapa de varios años, sin producir la ruptura anticapitalista. Esta extensión temporal puede replantearse nuevamente en el futuro, pero los signos de marcha al socialismo nunca están sujetos a tantas ambigüedades. Actualmente se puede ir notando, si el proceso bolivariano tiende o no a repetir la frustración nicaragüense.

Un rumbo socialista no está necesariamente dictado por el alcance inmediato de las expropiaciones. Las insuficiencias del Sandinismo no se ubicaron en esta tibieza, sino en la adopción de un camino explícitamente pro-capitalista desde fines de los 80. Lo decisivo fue este cambio de estrategia y no la moderación del ritmo anterior. Es evidente que la extensión de la propiedad pública no puede ser abrupta, en un país tan pobre y atrasado como Nicaragua.

Tampoco aquí radica el principal obstáculo para un proyecto socialista en un país como Venezuela, que ya tiene estatizada la fuente petrolera de sus recursos económicos. En ambos casos la obstrucción al avance al socialismo se anida potencialmente en la involución desde arriba, la cooptación socialdemócrata y el abandono de la confrontación con las clases dominantes. El choque con estos grupos fue eludido en Nicaragua y no se ha consumado en Venezuela. En lugar de dirimir ese conflicto, el Sandinismo apostó a fortalecer a los capitalistas locales. Estos mismos sectores mantienen lo esencial de su poderío en Venezuela.

La experiencia sandinista se desenvolvió en un marco revolucionario que involucraba a toda Centroamérica. La prolongada guerra civil de Guatemala tuvo varios picos en los 80 y en la habilidad de la guerrilla para combinar lucha armada con movilización popular, mantuvo al ejército a la defensiva en El Salvador. Pero las posibilidades de victoria quedaron muy comprometidas por el fracaso en Nicaragua y el proceso salvadoreño concluyó a mediados de los 90 con los acuerdos de paz.

La secuela de pesimismo y desmoralización que sucedió al fracaso sandinista ya quedó atrás. El gran desafío actual es asimilar los desaciertos de ese proceso para incentivar un curso de reconstrucción socialista. Esta perspectiva exige un gran aprendizaje de otra experiencia esencial.

viernes, noviembre 23, 2007

Las encrucijadas del nacionalismo radical (4)

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LECCIONES DE NICARAGUA

Las principales enseñanzas de la experiencia sandinista provienen más de la última etapa del gobierno del FSLN, que del triunfo guerrillero inicial o de la resistencia a la agresión imperialista. En esa fase final de la presidencia se abrió el camino para un retorno electoral de la derecha, que los conservadores vislumbran como una opción de mediano plazo para Venezuela. En Bolivia este reingreso de las elites por medio de los comicios es una amenaza siempre latente.

La revolución sandinista fue una insurrección popular muy diferente a las rebeliones recientes. Se apoyó en la acción guerrillera y en un levantamiento armado que aplastó a la dictadura de Somoza, en una situación de total colapso del estado. Una gran diferencia de intensidades separa a la eclosión de Nicaragua de las crisis latinoamericanas de la última década5.

Pero lo más importante de esta acción sandinista fue su alto grado de radicalidad. Cuando la tiranía recurrió a sus últimas cartas -luego del asesinato de Chamorro y del feroz bombardeo de los barrios populares- el FSLN no aceptó la conciliación. Rechazó la propuesta opositora de sustituir al déspota por un cambio cosmético e impuso la disolución de Guardia nacional y la expropiación de bienes de la dinastía.

Este debut del Sandinismo corroboró la necesidad de medidas drásticas contra los plutócratas para comenzar a edificar una democracia plena. Aunque el contexto político que rodea a las rebeliones recientes es muy diferente, estas enseñanzas nicaragüenses no han perdido vigencia. Bajo los regímenes constitucionales actuales la gravitación de los distintos grupos del establishment está más distribuida, pero los resortes del poder continúan en manos de las clases dominantes. Estos sectores impiden la soberanía popular y no renunciarán a sus privilegios, sin drásticas medidas por parte de los oprimidos.

Las decisiones iniciales que adoptó el FSLN fueron más radicales que las medidas adoptadas por los gobiernos nacionalistas actuales. La nacionalización de bancos, el control de comercio exterior, la sustitución de la guardia nacional por un ejército popular, la sindicalización masiva y la organización barrial constituyeron medidas revolucionarias, que no se han observado en ningún país durante la última década.

Pero el impacto internacional del triunfo sandinista presenta cierta familiaridad con el contexto generado por el proceso bolivariano. En comparación con Nicaragua, los cambios introducidos en Venezuela son muy moderados, pero al desafiar la hegemonía global del neoliberalismo, estas medidas han creado una situación comparable a la vigente a principio de los 80. Esta equivalencia se verifica en la recomposición de las expectativas populares en varios países de la región.

El triunfo del Sandinismo suscitó un entusiasmo arrollador. No solo quebró el aislamiento de Cuba, sino que incentivó la lucha regional contra las dictaduras de la época. Este optimismo ha comenzado a renacer con las victorias contra la derecha en Venezuela. No por casualidad Caracas se ha convertido en un lugar de encuentro militante de la izquierda, semejante al papel que ocupaba Managua en el período anterior.

El FSLN intentó gestar un régimen político pluripartidista y representativo, con muchos ingredientes de la democracia participativa actualmente promovida por el proceso bolivariano. Ese sistema sustituyó en el primer caso a una dictadura y en el segundo a una estructura de alternancia gubernamental entre partidos corruptos. En las dos situaciones se registraron avances significativos, pero insuficientes para dotar a la población de poder efectivo de decisión. Por esta razón, los sectores capitalistas no somocistas que sobrevivieron en Nicaragua pudieron retomar el gobierno en el momento oportuno. Sus colegas en Venezuela preservan esta misma capacidad de intervención y mantienen fuerzas suficientes para intentar la recaptura de la presidencia.

El Sandinismo debió lidiar con la sistemática agresión del imperialismo. Los costos de este atropello fueron infinitamente mayores a los soportados por el proceso bolivariano. Venezuela no afrontó hasta ahora las invasiones de mercenarios entrenados por la CIA que agobiaron a Nicaragua. Desde 1981 hasta 1987 Reagan sostuvo una ofensiva abierta desde las bases militares de Honduras y Panamá y cuándo se le agotaron los recursos formales recurrió a la financiación ilegal. Nicaragua padeció una cifra de bajas equivalente a la sufrida por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam. La producción agrícola quedó destruida y la vida económica sufrió daños monumentales.

Pero a pesar de este desangre el imperialismo fracasó. Sus bandas debieron negociar el desarme y a un elevado costo económico y social el Sandinismo pudo triunfar. El problema apareció posteriormente, cuándo no supo proyectar esta victoria al terreno político. El divorcio entre ambos planos es la principal lección de esa dura experiencia.

La confrontación con el imperialismo fue difícil, pero confirmó que las enormes diferencias del poder de fuego no impiden la victoria popular en el campo de batalla. Lo ocurrido en Vietnam se repitió en Nicaragua y se corrobora actualmente en Irak. Pero el Sandinismo perdió en las urnas lo que había conseguido a punta de pistola. Este fracaso constituye una señal de alerta para el proceso bolivariano. La arena política puede resultar más adversa que cualquier agresión del Pentágono.

Nicaragua contó con la misma solidaridad de Cuba que actualmente reciben Venezuela y Bolivia. Este apoyo contrastó con la escasa ayuda que aportó la Unión Soviética. Para no enemistarse con Estados Unidos la burocracia del Kremlin cortó los créditos, redujo las compras de productos y disminuyó abruptamente la provisión de combustible a los sandinistas. El escenario geopolítico del siglo XXI es muy diferente y la opulencia petrolera que detenta Venezuela contrasta con el desamparo económico que padecía Nicaragua. Pero la comparación entre los dos procesos permite registrar quiénes apoyan o socavan desde el exterior a un proceso antiimperialista.

Durante las duras negociaciones que acompañaron a la agresión militar contra Nicaragua, los gobiernos burgueses de Latinoamérica cumplieron el mismo papel de quintacolumnistas que han jugado frente cada golpe derechista en Venezuela. En ambos casos repudiaron formalmente a los conspiradores, mientras canalizaban las demandas de los conservadores en la mesa de negociaciones.

Esta duplicidad obedece a la defensa de los intereses capitalistas regionales, que anteriormente sostuvieron Alfonsín o Sarney y actualmente apuntalan Kirchner o Lula. Si alguna lección puede extraerse del acorralamiento internacional que sufrió Nicaragua es este nefasto papel de los falsos amigos.

jueves, noviembre 22, 2007

Las encrucijadas del nacionalismo radical (3)

Pero el recurso pinochetista es una opción que la derecha actualmente avizora solo como un instrumento de presión. En este terreno existe una diferencia sustancial con los años 70. El golpe es concebido para desplazar a un gobierno reformista, sin la intención de reimplantar dictaduras de mediano plazo. Dado el carácter obsoleto de las tiranías militares se busca una restauración conservadora en el marco constitucional. Tampoco el imperialismo norteamericano está en condiciones de sostener en el mediano plazo a un generalato reaccionario. Por estar razón, sus socios derechistas ejercen el terrorismo de estado (Uribe) o la represión salvaje (Calderón), pero mantienen la fachada constitucional.

La opción pinochetista es improbable, pero refrescar el antecedente chileno es muy útil para evaluar otro problema: los obstáculos que interpuso la Unidad Popular a un tránsito hacia el socialismo. Es importante recordar estos impedimentos, con independencia del corolario fascista que tuvo esa experiencia. Solo este balance impedirá la repetición de los errores cometidos por Salvador Allende.

Tal como ocurrió en esa época, las fuerzas políticas de izquierda han accedido al gobierno por la vía electoral en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las sublevaciones sociales han logrado proyectarse al voto popular, pero nuevamente se ha verificado que llegar al gobierno no equivale a tomar el poder. El manejo de la gestión administrativa del estado no otorga el control de los resortes de la economía que detentan los capitalistas.

Allende buscó superar esta limitación desde el marco constitucional, aceptando todas las restricciones de la legalidad burguesa. Suscribió de entrada un Pacto de Garantías con la oposición, que acotaba severamente el alcance de las reformas promovidas por la izquierda. Los representantes del capital no se ataron en cambio, a ningún compromiso legalista. Solo utilizaron esos acuerdos para acorralar, desgastar y neutralizar a su oponente.

Esta experiencia ilustró cómo los derechistas socavan a un gobierno radical que acepta las reglas de juego de los dominadores. Este mismo condicionamiento es actualmente ensayado en las Asambleas Constituyente que acompañan la gestión de Chávez, Evo (y próximamente Correa). Pero a diferencia de lo ocurrido en Chile esta presión no se agota en un corto episodio. Tiende a prolongarse en una sucesión de batallas, que podría incluir varias Constituyentes.

El aspecto más trágico del legalismo de Allende fue su confianza en los militares. Primero incluyó solo exhortaciones, pero luego implicó la aceptación de muchas exigencias golpistas (designación de Pinochet, facultades a la justicia militar, leyes de control de armas, inacción frente a los ensayos de la asonada). Chávez siempre rememora este precedente y recurre a su propia experiencia en el ejército para afirmar que “la revolución bolivariana es pacífica, pero no desarmada”. La estrecha ligazón con Cuba, la adquisición de armamento fuera de la órbita norteamericana, los preparativos de organización de milicias expresan esta comprensión del reto militar, que plantearía un futuro choque con la derecha.

El contexto actual de los ejércitos latinoamericanos es por otra parte más contradictorio que en el pasado. Por un lado las fuerzas armadas perdieron la función gubernamental que ejercieron durante el siglo XX, pero al mismo tiempo se encuentran más atadas a las campañas que digita el Pentágono, con el pretexto de enfrentar el narcotráfico o la criminalidad. En un escenario diferente, las grandes encrucijadas políticas que enfrenta la región no han cambiado.

LEGALISMO 0 PODER POPULAR
La conciliación de Allende con los golpistas coronó una política de rechazo a la construcción de un poder popular extra-parlamentario (Asamblea Popular de Concepción, Juntas de Abastecimiento, Consejos Comunales, Cordones Industriales). Este tipo de edificación es indispensable para lograr un tránsito hacia el socialismo. El cuestionamiento de la Unidad Popular a estos ensayos, impidió la formación de los únicos organismos que podían preparar una resistencia de las masas contra Pinochet.

La ceguera parlamentarista no solo obstruyó esta cohesión. Bloqueó, además, la confluencia de las movilizaciones por la reforma agraria y la mejora de los salarios en las minas. Estos antecedentes son importantes para un país como Bolivia, con persistente acción autónoma de movimientos sociales de mineros, maestros y campesinos y gran demanda de soluciones inmediatas para los viejos reclamos.

Si el gobierno de Morales titubea como Allende, terminará provocando el mismo desconcierto popular que imperó en Chile en 1972-73. A este negativo resultado conduce también la atenuación de las propuestas transformadoras, que se observa en las negociaciones con los opositores para viabilizar la Asamblea Constituyente.

Los crecientes reclamos de los trabajadores bajo este tipo de gobiernos no son reacciones infantiles, ni irritaciones alimentadas por la impaciencia. Expresan el temor a una repetición de todas las frustraciones del pasado.

La Unidad Popular llegó al gobierno con la promesa de superar el desengaño provocado por la gestión demócrata-cristiana en varios terrenos (especialmente el agro y las estatizaciones). Esta misma memoria de desengaños se verifica actualmente en Venezuela, Bolivia o Ecuador. Aunque el padecimiento neoliberal es un recuerdo fresco que opaca ese pasado, nadie olvida las frustraciones industrialistas con Carlos Andrés Pérez en Venezuela o las decepciones reformistas con Siles Suazo en Bolivia.

El trasfondo del problema radica en la persistente obstrucción capitalista a cualquier transformación progresista en los países latinoamericanos. Muchos gobiernos de raigambre popular pretenden eludir esta barrera. Estiman posible compatibilizar las mejoras sociales con las ganancias de los poderosos y terminan afrontando los mismos encierros que socavaron a Salvador Allende. La contundente enseñanza que legó el antecedente chileno se resume en un precepto: una vez comenzadas las reformas sociales hay afrontar en forma consecuente las resistencias que opondrán los dominadores. También es necesario saber que esta confrontación tiene consecuencias potencialmente anticapitalistas.

Del balance de la Unidad Popular surgen posturas muy distintas frente a la etapa en curso. Quiénes sitúan la falla en el “apresuramiento” o en las “presiones aventureras de la ultra-izquierda”, proponen ahora atenuar la marcha y conciliar con la derecha. Si por el contrario se ubica el desacierto de Allende en su ingenuidad legalista, la tarea es preparar el salto al socialismo, radicalizando los procesos políticos y construyendo el poder popular4.

La experiencia chilena se desenvolvió en forma vertiginosa en un lapso de pocos años. Los procesos nacionalistas-radicales actuales cuentan con un margen temporal superior, pero no tan elástico. Venezuela puede utilizar sus recursos petroleros para ensayar cambios sociales en períodos más extensos.

También puede aprovechar la ventaja de procesar por primera vez un tipo de experiencia radical, que el grueso de la región ya conoció en décadas anteriores.
En cambio Bolivia enfrenta un contexto más adverso. Recién ha comenzado a capturar una renta estatal significativa, en un país históricamente inestable y con fuerzas derechistas afianzadas, que cuentan con más capacidad que sus pares de Venezuela o Ecuador para ejercer el chantaje secesionista. Estos grupos le han puesto un candado en la Asamblea Constituyente a la heterogénea coalición del MAS y pueden paralizar al gobierno de Morales.

El “empate catastrófico” entre contendientes que resurge desde hace varios años tiende a desgastar al nuevo presidente. En el Altiplano persiste el trágico recuerdo de Siles Zuazo, que en 1982-85 comenzó adoptando medidas progresistas y terminó instaurando el ajuste del FMI, en medio de la hiperinflación.

Probablemente Ecuador se encuentra en una situación intermedia. No cuenta con el margen de acción que tiene Venezuela, pero tampoco enfrenta la estrechez de espacio que predomina en Bolivia. En menos de un año Rafael Correa ha ganado cuatro elecciones y está forjando una importante base de apoyo. Logró mayoría absoluta en la Constituyente y le propinó a la derecha una paliza electoral. Pero la gran incógnita gira en torno al uso de ese novedoso caudal político. Salvador Allende también contaba con una gran popularidad, que no supo utilizar en el momento adecuado.

Continuará...

miércoles, noviembre 21, 2007

Las encrucijadas del nacionalismo radical (2)

Servicios Google/Revelión

Claudio Katz2

Las sublevaciones populares que sacudieron a Sudamérica en los últimos años condujeron al derrocamiento de varios presidentes neoliberales, reforzaron la presencia de los movimientos sociales y facilitaron nuevas conquistas democráticas. También permitieron modificar las relaciones de fuerzas en desmedro del imperialismo y a favor de los oprimidos.

Otro efecto de las rebeliones ha sido el establecimiento de gobiernos nacionalistas radicales, como Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y probablemente Correa en Ecuador. Estos presidentes favorecen un curso económico estatista, mantienen fuertes conflictos con Estados Unidos, han chocado con las burguesías locales y desenvuelven políticas económicas que oscilan entre el neo-desarrollismo y la redistribución progresiva del ingreso.

Son gobiernos que se ubican en las antípodas de las administraciones conservadoras de Uribe en Colombia, Calderón en México y Alan García en Perú. Los derechistas mantienen políticas pro-norteamericanas, cursos abiertamente neoliberales y reaccionan con brutalidad represiva frente a cualquier demanda popular.

Los presidentes nacionalistas también se distinguen de sus colegas de centroizquierda, como Lula en Brasil, Kirchner en Argentina o Tabaré Vázquez en Uruguay. Estos mandatarios mantienen relaciones ambiguas con el imperialismo, apuntalan a las clases dominantes locales y utilizan los mecanismos constitucionales para obstaculizar el logro de mejoras sociales3.

En los países gobernados por el nacionalismo antiimperialista se han creado condiciones de movilización por abajo y polarización socio-política, que no se verifican en las naciones dónde el poder burgués fue reforzado por medio de la desilusión (Brasil), el control (Uruguay) o la contención (Argentina). ¿Qué escenarios afrontan los gobiernos radicales? ¿Avanzarán en la construcción de sociedades igualitarias o recrearán otro sistema de opresión?

Una forma de esclarecer estas disyuntivas es revisar el rumbo seguido en circunstancias semejantes de la historia latinoamericana. Esta comparación exige analizar cinco situaciones: la Unidad Popular Chilena, el Sandinismo nicaragüense, el PRI de México, los ensayos de nacionalismo militar en Perú, Bolivia o Panamá y la revolución cubana.

Este contraste no es un ejercicio académico para sugerir conclusiones imparciales. Apunta a definir estrategias adecuadas para la izquierda. Revisando el pasado se puede percibir cuáles son los caminos que conducen a la preservación del capitalismo o al avance hacia el socialismo.

De esas experiencias no surgen modelos de copia para el futuro. Ningún desenlace del siglo XX se repetirá en los próximos años. Pero resulta imposible construir el mañana ignorando lo que sucedió ayer. La manía por la novedad siempre oculta la reproducción de algo ya realizado. Asumir herencias, asimilar logros y cuestionar desaciertos es la condición de un nuevo proyecto de la izquierda.

LA TRAGEDIA DE CHILE

El recuerdo de la Unidad Popular chilena golpea a cualquier analista que evalúe las opciones de un proceso reformista en América Latina. Ahogar en sangre estos ensayos ha sido la respuesta tradicional del imperialismo. Pinochet simboliza un tipo de reacción, que en algún momento del siglo XX soportaron varios países de la región. El Departamento de Estado y sus socios oligárquicos locales han recurrido repetidamente a la ferocidad fascista, para doblegar a los gobiernos que afectan los intereses del establishment. Lo único que varió fue la magnitud de los asesinatos perpetrados en cada asonada.

Pinochet concentra el modelo clásico de contrarrevolución que la derecha siempre tiene en carpeta. La conspiración se puso en marcha apenas asumió Allende, mediante el asesinato del general Schneider. Las bandas de Patria y Libertad comenzaron los atentados, aprovecharon las protestas de los camioneros, la irritación de los comerciantes y los cacerolazos de alta clase media. Con financiación de las compañías multinacionales Kissinger diagramó las principales agresiones de la reacción.

Este mismo esquema de provocaciones se reprodujo en Venezuela en los últimos años, especialmente durante el ensayo golpista del 2002. Las grandes empresas aportaron el dinero, la embajada norteamericana coordinó las provocaciones, los conservadores azuzaron a la clase media, los viejos partidos reclutaron el personal civil y los medios de comunicación inventaron las justificaciones del ataque. Cualquier medida genuinamente democrática –como la cancelación de la licencia manejada por monopolio mediático RCTV a principios del 2007- reactiva estas conspiraciones de las elites.

El mismo libreto se repite también en Bolivia. La amenaza golpista incluye allí, un chantaje de secesión de las provincias orientales que cuentan con grandes recursos de petróleo y gas.

Continuará.-

Las encrucijadas del nacionalismo radical (1)

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RESUMEN: Una comparación con varias experiencias del siglo XX esclarece los dilemas que afrontan los gobiernos nacionalistas radicales de Sudamérica. El antecedente de Salvador Allende recuerda que la reacción siempre tiene en carpeta un golpe. Pero la derecha intenta actualmente reinstaurar la hegemonía constitucional de los conservadores sin recrear las viejas dictaduras.

Los capitalistas mantienen el dominio de la economía en Venezuela, Bolivia y Ecuador, tal como ocurrió en Chile en esa época. Si en lugar de avanzar hacia la construcción de un poder popular se aceptan los condicionamientos del establishment, reaparecerá el desconcierto que ahogó la experiencia chilena. Hay que afrontar en forma consecuente las resistencias que oponen los dominadores mediante un curso anticapitalista.

También el debut del Sandinismo ilustró la necesidad de drásticas medidas contra los opresores. Pero la derecha logró un retorno electoral con el auxilio de los gobiernos latinoamericanos, aprovechando la incapacidad del FSLN para proyectar sus éxitos militares al plano político. Esa restauración no era inevitable, ni obedeció sólo a las adversidades externas. Se apoyó en una involución socialdemócrata de los dirigentes que desmoralizó a la población. Los procesos nacionalistas actuales cuentan con márgenes temporales y recursos económicos mayores que los vigentes en Nicaragua, pero las encrucijadas políticas son semejantes.

La revolución mexicana ilustró cómo puede gestarse una clase capitalista desde la cúspide del estado. La repetición de este precedente es el principal peligro que afrontan los nuevos gobiernos radicales. El PRI utilizó la legitimidad de una revolución para estabilizar durante décadas la acumulación privada y evitar los inconvenientes de las dictaduras. Este modelo es alentado en Venezuela por los sectores que se enriquecen en el cuadro actual y por quiénes resisten cambios significativos en Ecuador y Bolivia. En los tres casos la política exterior independiente puede pavimentar una ruptura con el imperialismo o facilitar el curso diplomático burgués que promueve el MERCOSUR.

El proceso venezolano tiene mayor proximidad con el nacionalismo militar que sus equivalentes de Bolivia o Ecuador. Durante el siglo XX predominaron en América Latina las acciones del ejército al servicio de las clases dominantes, pero también se registraron varias experiencias radicales, El mayor problema radica en distinguir el carácter progresivo o regresivo de esas intervenciones. La ceguera frente al primer caso y las ingenuidades frente al segundo tienen consecuencias nefastas. Es tan erróneo jerarquizar indiscriminadamente a los civiles frente a los militares, cómo olvidar que el nacionalismo militar no puede desenvolver por sí mismo un proceso de emancipación.

La revolución cubana demostró que es factible derrotar al imperialismo e iniciar una transición socialista. Es importante recordar esta lección, frente a los cuestionamientos que existen a la adopción de medidas anticapitalistas en Venezuela, Bolivia o Ecuador. Si reaparece la audacia de los años 60, el anterior sostén de la URSS podría ser compensado con otras alianzas externas. Los ritmos actuales difieren del pasado, pero una prolongación del status quo impedirá avanzar hacia el socialismo.

Resuelta imposible predecir si una dirección jacobina volverá a franquear las fronteras. Pero existen tendencias potenciales hacia esta radicalización, en un contexto de luchas sociales más regionalizado.

Continuará.-

jueves, noviembre 15, 2007

40 Aniversario del asesinato del Che.


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Crónica de las jornadas Con una buena y regular asistencia de público se celebraron en Burgos las jornadas por el 40 aniversario del asesinato del Che a manos del ejército boliviano, entrenado y armado por la CIA yanqui.
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Organizadas por varios colectivos de la ciudad (Espacio Alternativo de Burgos, Castilla Republicana, Juventudes Castellanas Revolucionarias, Iniciativa Solidaria Internacionalista y Corriente Roja), constaron de 2 video-forum, una charla, una concentración de solidaridad con América Latina y una fiesta cubana.

En los videos- forum se repasó la juventud del Che Guevara en sus viajes por América Latina y un recorrido general por la vida del “guerrillero heroico”.

El tercer día contamos con la asistencia de Rosa Gómez, del Comité estatal por la liberación de los 5 cubanos presos en EEUU, que transmitió la vigencia del pensamiento del Che en esos presos, que llevan 9 años encarcelados en condiciones extremas, y de Ricardo Gadea, militante revolucionario peruano y cuñado del Che Guevara, que expuso la transformación del Che en base a sus experiencias con los procesos revolucionarios de Bolivia y Guatemala (y la agresión de EEUU contra Arbenz, donde se define ya como revolucionario) y el papel propio de Hilda Gadea, primera esposa del Che, como militante revolucionaria primero en el Perú , y más tarde, creando bases de apoyo para el Movimiento 26 de Julio cubano.

En el debate posterior se habló de esta nueva América Latina, que en base al fracaso de las recetas neoliberales, está renaciendo de sus cenizas cual ave Fénix, con una explosión de luchas populares e indígenas que están llevando a cabo profundos e interesantes procesos revolucionarios. También se habló de los mass-media y del papel que están teniendo en la ocultación de las luchas populares y el impacto de la figura y el pensamiento del Che en la actualidad.

El último día realizamos una concentración en solidaridad con América Latina y sus pueblos en lucha, donde tuvimos un recuerdo especial al pueblo venezolano, y para culminar hicimos una fiesta cubana con música en directo dando por concluidas las jornadas.

Desde Espacio Alternativo de Burgos queremos dar las gracias a todas las personas que participaron durante los 4 días de actividades.


domingo, noviembre 11, 2007

Ex presidentes a juicio, segunda parte

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Un ex presidente condenado a prisión y multado con millones de pesos; otro, que al terminar su período fue acusado de corrupción y, años más tarde, logró la reelección; un ex presidente brasileño desenmascarado por su propio hermano, un guerrillero que robó y vendió diarios del “Che” Guevara; un ex mandatario que logró estabilidad económica su país durante su primer mandato y que en su segundo tuvo que renunciar a su cargo; un hombre extrovertido, cuyo despilfarro de los recursos públicos, llevaron a su pueblo a levantarse contra él; un candidato a vicepresidente, que llega a la presidencia acompañado de su principal enemigo dentro de su partido.

A continuación, un relato más detallado.

Juicios de 1990 a 1999

Salvador Jorge Blanco (República Dominicana)
Luego de ganar las elecciones, Salvador Jorge Blanco toma las riendas de la República Dominicana en 1982, durante una fuerte crisis económica en el país, misma que se agudizó durante su mandato, debido a políticas extremistas. Deja la presidencia en 1986, y es acusado de malversación de fondos públicos, falsedad de escritura, abuso de confianza, estafa y prevaricación. Luego de que un juez ordenara su encarcelamiento preventivo hasta que la resolución de su juicio, Jorge Blanco huyó a la embajada de Venezuela, solicitando asilo político. Debido a un padecimiento de corazón, se le revoca la orden de prisión y se autorizó su partida a un hospital en Estados Unidos. Pese a sus intentos, no pudo evitar presentarse a juicio, siendo declarado culpable y condenado a 20 años de prisión y a una multa de 100 millones de pesos dominicanos. En 1989 logró la anulación de la sentencia, sin embargo, en 1991, es juzgado y condenado nuevamente, nuevamente a 20 años de prisión, sin embargo, la multa bajó a 73 millones de pesos. Estuvo sólo un par de meses en prisión, puesto que luego de un largo proceso de apelación, Hipólito Mejía Domínguez, entonces presidente de República Dominicana y afiliado al mismo partido político que Jorge Blanco, decidió retirar la denuncia en contra del ex mandatario.

Alan García, presidente de Perú (1976 - 1981; 2006 - ). Foto: AP

Alan García (Perú)
Fue elegido presidente de Perú en 1985, cargo que ocupó hasta 1990. Con una mala administración de recursos públicos, colocó al país andino en una de las peores crisis financieras de su historia. Al finalizar su mandato, su popularidad era prácticamente nula. Un año después de entregar la presidencia, es acusado de enriquecimiento ilícito, por lo cual se exilia en Colombia y, posteriormente, en Francia. Regresó a Perú en 2001. No pudo ser procesado, puesto que el plazo para enjuiciarlo había terminado. Se lanzó como candidato presidencial ese mismo año, siendo derrotado por Alejandro Toledo. Volvió a postularse para la presidencia de Perú en 2006, siendo electo presidente para el período 2006 - 2011.

Fernando Collor de Mello (Brasil)
El 15 de marzo de 1990, con 40 años de edad, se convirtió en el presidente más joven en la historia de Brasil, en una campaña en la que prometió combatir la inflación y el enriquecimiento ilícito. Su gobierno se caracterizó por la privatización de empresas públicas. Al año siguiente de su elección, Pedro Collor, hermano de Fernando, declaró públicamente actos de corrupción en el gobierno de éste. El Congreso inicia una investigación al entonces presidente, y el pueblo inicia protestas en contra del mandato de Collor, logrando la renuncia del mismo en 1992. En el juicio practicado por el Congreso, lo declaran culpable y le prohíben ingresar a cargos públicos por ocho años. Se postuló para las elecciones de Senador por Alagoas, Estado al noreste de Brasil, resultando electo para el cargo que aun desempeña.

Luis García Meza (Bolivia)
El 17 de julio de 1980, Luis García Meza encabezó un golpe de estado a la entonces presidenta de Bolivia, Lidia Gueiler Tejada. Su gobierno se caracterizó por marcados asesinatos, desapariciones forzadas, miles de detenidos y exiliados, provocando luchas armadas que llevaron a García Meza a renunciar el 4 de agosto de 1981. Durante su juicio se descubrió que en 1967, su movimiento guerrillero incautó algunos diarios de Ernesto “Che” Guevara, vendiéndolos después por sumas millonarias, sumándose esta acusación a su juicio. En 1993 fue condenado a 30 años de cárcel, sin derecho a indulto, por delitos de lesa humanidad cometidos durante su dictadura entre 1980 y 1981. Aun cumple su condena en el penal de máxima seguridad Chonchocoro.

Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela (1974 - 1979; 1989 - 1993). Foto: AP

Carlos Andrés Pérez (Venezuela)
Gracias a una gran campaña mediática, Carlos Andrés Pérez llegó a la presidencia de Venezuela en 1974, su mandato que abarcó hasta 1979, se caracterizó por una economía pujante debido a la alza del precio del petróleo. Además, nacionalizó el hierro y el petróleo. Al terminar su período como presidente, enfrentó un antejuicio de mérito ante la Corte Suprema de Justicia por malversación de fondos, cargo del que quedó absuelto. Gracias a la buena imagen que tuvo su primer gobierno, Pérez logra obtener la presidencia una vez más, en 1989, 20 años después de haber dejado el primer mandato; sin embargo, a diferencia de su primer período, éste se vio caracterizado por una fuerte crisis económica y un gran desequilibrio social. Enfrentó el embiste de dos intentos de golpes de estado, además de una rebelión civil conocida como el “Caracazo”. En 1992, un periodista lo acusó de malversación de fondos, provocando que el Fiscal General de la República iniciara un antejuicio de mérito, declarado con lugar por la Corte Suprema de Justicia. El Senado autorizó el juicio, destituyendo a Pérez de su cargo. En 1996, la Corte Suprema de Justicia lo condenó por malversación genérica agravada a 2 años y 4 meses de arresto domiciliario.

Abdalá Bucaram Ortiz, presidente de Ecuador (1996 - 1997). Foto: AP

Abdalá Bucaram Ortiz (Ecuador)
El 10 de agosto de 1996 tomó protesta como presidente de Ecuador. Durante su mandato inició un programa de privatización de empresas estatales, además de realizar grandes fiestas privadas y mostrar una conducta que algunos consideraron demasiado extrovertida para un presidente. El despilfarre de dinero público por parte de Bucaram y su familia llevó al pueblo a manifestarse en diversas ciudades de Ecuador, exigiendo la destitución de Bucaram. Las protestas ocurridas el 5 de febrero de 1997, a menos de 6 meses de su llegada al poder, obligaron al ex mandatario a huir a Panamá. Luego de su partida, el Congreso lo destituyó por “incapacidad mental” para gobernar, otorgando la presidencia interina al entonces presidente del Congreso, Fabián Alarcón. Uno de los más grandes escándalos del período de Bucaram fue el llamado caso “mochila escolar”, con el cual el gobierno de Ecuador compró mochilas por 40 millones de dólares a una empresa colombiana, la Corte Suprema de Justicia detectó un sobreprecio de al menos 14,3 millones de dólares. Jaime Nebot, ex candidato presidencial derrotado por Bucaram, y la ex diputada Alexandra Vela lo acusaron de injurias en 1996. Al año siguiente, se inició un juicio en su contra por el caso “mochila escolar”, que también abarcó las acusaciones de los servidores públicos. Bucaram, aun exiliado en Panamá, fue condenado a dos años de prisión por cada juicio de injuria. No ha regresado a su país desde su juicio. El pasado 1 de noviembre, en el Congreso Nacional de Ecuador, fracasó el intento de indulto al ex presidente.

Raúl Cubas Grau (Paraguay)
Luego de intentar hacer un golpe de estado, el General Lino Oviedo y Raúl Cubas Grau iniciaron una campaña interna para la candidato presidencial por el Partido Colorado de Paraguay para las elecciones de 1998, en las que vencieron a Luis María Argaña, proveniente de una fracción opuesta dentro del partido. Durante su campaña presidencial, Oviedo fue puesto bajo arresto por su intento de golpe de estado. Raúl Cubas, candidato a vicepresidente, continuó los mítines de campaña de Oviedo durante su juicio, utilizando mensajes de voz que el mismo Oviedo grababa desde la prisión. Sin embargo, a tan sólo 22 días de las elecciones, la Corte Suprema dictó sentencia de 10 años de cárcel al general, con lo cual el Partido Colorado quedó sin candidato presidencial. El partido optó porque el candidato a vicepresidente tomara su lugar, y que el competidor más cercano en las elecciones internas tomara el lugar de vicepresidente, así, Raúl Cubas fue candidato a presidente, haciendo dupla con su opositor, Luis María Argaña como candidato a vicepresidente. Durante su campaña, Cubas prometió la libertad a Oviedo, utilizando el lema “tu voto vale doble: gobierno para Cubas y libertad para Oviedo”. Gracias a la imagen mesiánica que se conformó en torno a la figura de Oviedo durante su juicio, Cubas obtuvo el 53.8% de los votos en las elecciones, tomando el poder el 15 de agosto de 1998, y liberando a Oviedo 3 días después. Sin embargo, la fracción argañista del Congreso consideraron que el indulto había sido anticonstitucional, solicitando a la Suprema Corte de Justicia la anulación del decreto y el reingreso de Oviedo a prisión. El 17 marzo de 1999, la misma fracción argañista acordó iniciar también un debate sobre la destitución de Cubas, con lo cual la presidencia recaería en el vicepresidente Argaña. El 23 de marzo, 6 días después, Luis María Argaña fue asesinado. De inmediato se lanzaron acusaciones hacia la dupla Oviedo-Cubas de parte de sus opositores, quienes iniciaron además una serie de protestas en contra del gobierno. El 26 de marzo, esta manifestación tuvo un saldo rojo de 6 muertos, provocados por disparos de francotiradores. La tarde del 28 de marzo, Cubas Grau entregó su renuncia formal como presidente de Paraguay y solicitó un exilio político en Brasil. Luis Ángel González Macchi, el entonces presidente del Senado, tomó la presidencia el mismo día. En 2002, Cubas regresó a Paraguay para comparecer ante la justicia. Fue condenado a arresto domiciliario, recuperando su libertado el 26 de junio de 2003. En octubre pasado, Cubas, hoy libre de toda acusación, pidió al Congreso que le tomara juramento como senador vitalicio, cargo que la Constitución Paraguaya concede a los ex presidentes.

David Tamez Mancillas
Fuentes:
arteHistoria
CIDOB
Comisión Andina de Juristas
Country Studies
Derechos.org
El Comercio
El Debate
El Historiador
El Mundo
El País
Organización Fujimori Extraditable
La Jornada
Latinoamerican Studies
Los Tiempos
Mi Punto.com
Milenio
More Or Less
País Global
Paraguay Global
Poder Judicial de la República de Chile
REDTDT
Terror File Online
Venezuela Tuya

viernes, noviembre 09, 2007

Ex presidentes a juicio, primera parte

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Las décadas de los 70s y 80s presenció una terrible dictadura en Argentina, de la cual posteriormente se procesaron judicialmente a cuatro ex presidentes, quienes fueron después indultados de sus condenas por Carlos Menem. Destacan, también, un ex presidente africano que convirtió su república a la monarquía y se autonombró emperador, y que tuvo el apoyo de Francia hasta que dejó de ser conveniente para el país europeo; otro ex presidente africano juzgado por su propio sobrino; y un ex presidente rumano, cuya ambición y la de su esposa los llevó a la pena de muerte.

A continuación, un relato más detallado.

Juicios de 1970 - 1979

Pedro Eugenio Aramburu (Argentina)
En un principio, Pedro Eugenio Aramburu apoyó al gobierno de Juan Domingo Perón, sin embargo, en 1955 fue parte de los golpistas que derrocaron su gobierno. Llegó al poder en Argentina gracias a un golpe de estado en 1955. Convocó a elecciones en 1958, resultando ganador Arturo Frondizi. En 1970 fue secuestrado por un grupo guerrillero peronista, enjuiciado fugazmente por su actuación durante el Golpe de Estado, sin oportunidad de presentar una defensa. Fue condenado a muerte y, posteriormente, fusilado.

Francisco Macías Nguema (Guinea Ecuatorial)
En 1968, Francisco Macías Nguema, apoyado por el dictador español Francisco Franco, fue electo presidente de Guinea Ecuatorial, conservando el poder hasta 1979, año en lo que lo sucedió su propio sobrino Teodoro Obiang, quien lo acusó de genocidio, deportaciones masivas y apropiaciones indebidas. Fue declarado culpable y fue fusilado.

Juicios de 1980 a 1989

Jorge Rafael Videla, presidente de Argentina (1976 - 1981). Foto: AP

Jorge Rafael Videla (Argentina)
En 1973, Juan Domingo Perón recuperó la presidencia de Argentina, sin embargo, tras su muerte el 1 de julio de 1974, María Estela Martínez de Perón, su viuda y vicepresidente electa, tomó la silla presidencial. En marzo de 1976, Jorge Rafael Videla encabezó un golpe de estado en contra del gobierno, obteniendo la presidencia hasta 1981, año en el que fue reemplazado por Roberto Eduardo Viola, debido a la inestabilidad económica que presentaba el país. En 1985, Videla fue sometido a juicio, acusado de violaciones a los derechos humanos cometidas durante su mandato. Fue condenado a cadena perpetua, sin embargo, al cabo de 5 años de prisión, el entonces presidente Carlos Menem le otorgó un indulto.

Roberto Eduardo Viola (Argentina)
Ante la salida de Videla, Roberto Eduardo Viola tomó el poder de Argentina del 29 de marzo al 11 de diciembre de 1981. Durante su período, el país suramericano vivió una fuerte represión. Aunque fue militar como su antecesor, Viola quiso imponer una estrategia más suave, sin dejar de ser represivo. La junta militar conformada luego del golpe de estado, decidió otorgar el poder a alguien de mano dura, obligando a Viola a renunciar, y siendo sucedido por Carlos Alberto Lacoste, quien estuvo en el poder 11 días, cediendo la presidencia a Leopoldo Galtieri. En 1983, con Raúl Alfonsín en la presidencia, se inició un juicio en contra de los participantes del golpe de estado. Viola fue condenado a 17 años de prisión. También perdió su cargo militar y su posibilidad de tener un cargo público a perpetuidad.

Leopoldo Galtieri, presidente de Argentina (1981 - 1982). Foto: AP

Leopoldo Galtieri (Argentina)
Tomó la presidencia de Argentina el 22 de diciembre de 1981. Durante su mandato la represión continuó, incrementándose el descontento social. Se mantuvieron las medidas económicas rígidas, privatizando incluso empresas estatales. En marzo de 1982, se realizó en Argentina una movilización de protesta. El gobierno respondió con violencia, resultando un muerto y varios heridos. En abril de ese mismo año, Galtieri, considerado que pertenecían a Argentina, inició una “repatriación” de las Islas Malvinas, las cuales estaban en control inglés. Esta empresa desencadenó una guerra en contra del país europeo, provocando la derrota del ejército argentino y el desplome total de la popularidad de Galtieri, quien se vio obligado a dejar libre la presidencia. En 1986 fue procesado por crímenes cometidos durante su mandato. Fue condenado a 12 años de prisión por “impericia y negligencia en la conducción de la Guerra de las Malvinas”. Sin embargo, al cabo de 5 años, también resultó favorecido por el indulto de Carlos Menem. ¿Habría sido enjuiciado de la misma manera de haber ganado la guerra?

Jean Bédel Bokassa (República Centroafricana)
En 1966, Jean-Bédel Bokassa llegó a la presidencia de la República Centroafricana gracias a un golpe de estado en contra del dictador David Dacko. Francia fue su principal socio comercial durante su gobierno, favor al que respondía Bokassa con regalos extraordinarios a políticos franceses. Acusado de practicar el canibalismo, también practicaba actos inhumanos: la pena de muerte la ejecutaba lanzando a los condenados a una piscina llena de cocodrilos o encerrándolos en una jaula con leones. En 1977 convirtió a la República Centroafricana en monarquía, coronándose a sí mismo como emperador. En 1979, Francia se olvidó de su amistad y apoyó a al antiguo presidente Dacko a realizar un golpe de estado. Bokassa se exilió en Francia, hasta 1986, año en el que regresa a Bangui. En su país fue juzgado por traición, asesinato y apropiación indebida de fondos estatales. Fue condenado a muerte el 12 de junio de 1987 sin embargo, su sentencia fue conmutada a cadena perpetua el año siguiente y posteriormente reducida a veinte años de prisión. En 1993, el presidente democrático André Kolingba le otorgó la libertad. Murió 3 años después.

Nicolae Ceausescu (Rumania)
Fue líder del Partido Comunista Rumano desde 1965. Dos años después obtuvo la presidencia en su país. Durante su mandato, tuvo un gran control sobre los medios de comunicación y la libertad de exrpesión. Su intolerancia a cualquier tipo de oposición y sus políticas económicas resultaron en una fuerte crisis económica y social. En 1989 le ordenó al Departamento de Seguridad del Estado disparar en contra protestantes anticomunistas, desembocando en una guerra civil, en la que las mismas Fuerzas Armadas se tornaron en contra suya, apoyando a la rebelión. Ceausescu y su esposa tuvieron que huir en su helicóptero personal. Pocas horas después fueron capturados y acusados de genocidio. Ambos recibieron la pena de muerte.

David Tamez Mancillas

domingo, noviembre 04, 2007

La Pasión del Che Guevara, un revolucinario traicinado

En esta edición se exploran las razones por las que la imagen del Che ha devenido simbólica y a la vez objeto de consumo. El proceso posiblemente comenzó antes de su muerte, con lo que ya tenían de mítico la revolución cubana y sus héroes. Pero el sacrificio convirtió al Che en emblema de desinterés, de férrea adhesión a los ideales, justamente en una sociedad donde ese despego estoico y principista parece cada vez más un objeto de museo.

Por JORGE AULICINO

(c) clarin.com. La conjunción de una derrota sublime, de un craso error táctico y estratégico, y de dos imágenes que se difundieron casi simultáneamente; hicieron de Ernesto Guevara un símbolo de desinterés, coraje, absoluto despego, incluso por el objetivo, y emblema de una victoria metafísica.

La historia debe aún decir mucho sobre las razones que llevaron a Guevara y sus ideales al callejón sin salida de la Quebrada de Churo, en la selva de Ñancahuazú, en el sudeste boliviano. El modo incluso en que el Che cayó en manos del ejército boliviano, herido, andrajoso, con su arma rota, debería ser tan significativo como su cuerpo tendido sobre una angarilla colocada a su vez sobre dos piletones en el lavadero del hospital de Vallegrande.

"No se preocupe, capitán, esto se acabó", dice Gary Prado que le dijo Guevara al entregarse. Prado es hoy general y se mueve en silla de ruedas, baleado por la espalda por error cuando desalojaba, años después, un pozo petrolero tomado por comandos ultraderechistas. Ese "esto se acabó" no significó más que la confesión casi sarcástica de una impotencia que nunca fue explicada. No es la frase que Guevara pronuncia desde el terreno del mito, al que lo enviaron para siempre las dos ráfagas de fusil automático disparadas por el sargento Mario Terán, mientras estaba prisionero en una escuela del poblado de La Higuera. Las palabras que el mito pronuncia son: "Apunte bien y dispare. Va usted a matar a un hombre". Terán se encargó de repetirlas. Ellas resuenan hoy de un modo extraño. Guevara parece estar diciendo: "Va usted a matar a un valiente", pero también: "Va a matar a un hombre, no a su leyenda".

¿Cómo se construyó ese mito ante el que no valían de nada ayer, y valen bien poco hoy, las protestas de equivocación, de pertinaz error, de profunda y quizá definitiva ceguera?

Hoy, los campesinos de esa región de Bolivia han hecho un santuario no del lugar en el que fue fusilado -la escuelita de La Higuera- sino del lavadero de Vallegrande, en el que fue exhibido su cadáver. El campesinado que entonces no se unió a él ni lo apoyó, en parte lo tiene como un santo. Ese es el resto de religiosidad verdadera que aún inspira el Che. El resto es un aluvión de imágenes de las que no es posible establecer el contenido ni el significado. Las llevan sobre sus remeras, sobre su piel o en las lunetas de sus automóviles miles de jóvenes que no habían nacido cuando el Che murió, que no son socialistas ni lo serán y que ignoran casi todo sobre el tipo de revolución que el Che quería.

El Che partió de Cuba en 1965. Es inocultable que había perdido allí varias batallas políticas y que no era demasiado apto para librarlas. En 1967, el año de su muerte, el editor marxista italiano Giangiacomo Feltrinelli, quien en 1972 murió víctima de una explosión mientras se supone intentaba sabotear una torre de alta tensión cerca de Milán, obtuvo regalada una foto de Alberto Korda, de 1960. El fotógrafo cubano la había tomado en un acto callejero cuando el Che se acercó a la baranda del palco para echar una mirada a la multitud. La descartó. Feltrinelli vio las posibilidades de esa imagen de una especie de ángel severo y visionario. En pocas semanas alumbraba el primer póster del Che. La imagen invadió pancartas y carteles. Meses después, el Che moría.

La construcción del héroe

Casi simultáneamente otra foto se sobrepuso: la que obtuvo el fotógrafo de UPI Freddy Alborta en la lavandería del hospital de Vallegrande, que lo haya querido o no recuerda a Cristo. Las fotos del Che que sacó Freddy Alborta; la pintura de Andrea Mantegna, La lamentación sobre Cristo Muerto, de 1490, y la pintura de Rembrandt, La lección de Anatomía del doctor Nicolás Tulp, de 1632, han dotado aquella muerte de una iconografía de martirio. Un cierto modo de vincular estas imágenes producidas por la pintura y la historia dieron pábulo a discusiones que se suceden desde que el escritor inglés John Berger relacionó el cuadro de Rembrandt con las fotografías de Vallegrande.

En realidad, los hechos, las casualidades, la pintura, la religión católica, parecen haberse complotado para que la imagen de Guevara saliera de la historia e ingresara en el terreno del mito, en el instante preciso en que murió. El ángel en 1960 y el mártir en 1967 son dos rostros para un mismo sacrificio, puesto que la foto de Korda da la vuelta al mundo impregnada ya del aire sacrificial de la foto de Alborta. Décadas después, ubicado por el realizador argentino Leandro Katz para su documental El día que me quieras (1997), el fotógrafo boliviano dijo: "Me conmovió la mirada de Guevara. Tenía la impresión de estar fotografiando a un Cristo, y en ese entorno me moví. No era simplemente un cadáver, era algo extraordinario”. Si Alborta sintió realmente que se movía en un "entorno" místico, entonces estaba instintivamente unido a la corriente pictográfica que desde el Renacimiento ha puesto un poder sobrenatural en las imágenes del Cristo y del cuerpo de Cristo.

Ni el comando militar boliviano ni Terán que no hirió la cara del Che ni el agente de la CIA Félix Rodríguez que le ordenó evitar la desfiguración del rostro pudieron prever cómo la cámara del fotógrafo cavaría en la oscuridad hasta encontrar un cuerpo humano abatido y una mirada sobrehumana, al punto de que se comparara la escena con la de un Cristo bajado de la cruz y con una obra de Rembrandt en la que luces y sombras unen la carne detestable y perecedera, el olor de morgue y hospital, con un hálito cósmico. Hay mucha poesía en eso, pero una poesía de la que se hicieron cargo y dieron por buenas sucesivas generaciones. La lente fotográfica, el arte mecánico del siglo, produjo el efecto de todo gran arte, desde el principio hasta el final del mito del Che.

El resto parece literatura. Y lo que siguió, una reproducción al infinito de una silueta que no tiene ya contenido propagandístico, puesto que no queda qué propagandizar, ni político, sino meramente ideológico en términos de mistificación.

Que el Che se haya estrellado contra la pared de hierro de la realidad lo hizo inmortal. En su momento, no sólo no detuvo el guerrillerismo juvenil, sino que lo alentó. Hoy no sirve de nada decir que su incursión en Bolivia fue un fracaso, militar y político, un error de trágicas dimensiones para él y para el movimiento revolucionario. La cuestión por la que el Che moría no era importante. El estadounidense Peter Bourne en su biografía Fidel ha señalado la causa por la que, en tanto fracaso político, la muerte del Che es éticamente estimulante: "El Che, un revolucionario purista, romántico, creía que estar moralmente en lo correcto era, en última instancia, más importante que lograr la victoria".

Hay ideas que la imagen del Che ya no conlleva. Ideas que por otra parte serían muy difíciles de entender para los jóvenes que portan esas imágenes. Son de un período de la historia cuyo discurso resulta incomprensible. En La vida en rojo (1997) el ensayista mexicano Jorge Castañeda anota: "Las ideas del Che, su vida, su obra, incluso su ejemplo, pertenecen a otra etapa de la historia moderna, y como tales, difícilmente recobrarán algún día su actualidad. Las principales tesis teóricas y políticas vinculadas al Che -la lucha armada, el foco guerrillero, la creación del hombre nuevo y la primacía de los estímulos morales, el internacionalismo combatiente y solidario- carecen virtualmente de vigencia. La revolución cubana -su mayor triunfo, su verdadero éxito- agoniza o sólo sobrevive gracias al rechazo de buena parte de la herencia ideológica de Guevara. Pero la nostalgia persiste".

El "clima de época" está en toda esta historia que al correr de los años pareció desmesurada e imposible. Tenía el sello de la revolución cubana, que también en principio pareció imposible y que fue juzgada en todo el mundo de la izquierda como un suceso excepcional en el que habían concurrido una incorrecta información de los Estados Unidos, la congénita debilidad del ejército cubano, la bandera nacionalista de fuerte arraigo en la isla y un coraje fuera de lo común. Un golpe de dados.