miércoles, noviembre 15, 2006

Reflexiones sobre condenan a la horca del ex dictador Saddam Hussein

Por: Bernardo González Solano
Se le acusa de la muerte de 148 chiís en 1982
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Tanto en esta, como en la segunda ocasión de haber sido sentenciado a muerte, no hay certeza de que se cumpla la pena, porque en Irak los sentenciados a muerte no pueden serlo si cuentan con más de 70 años de edad. Hussein tiene 69 años de vida.
Por segunda vez en su vida, Saddam Hussein al Majid, el ex dictador de Irak, ha sido condenado a la pena capital. En esta
ocasión —el domingo 5 del presente, en voz del juez Rauf Abdelrrahman (kurdo de origen) por “crímenes contra la humanidad”— por un Alto Tribunal, compuesto por magistrados iraquíes (que algunos comentaristas han calificado como el “encargado” de hacer la tarea sucia al gobierno de Estados Unidos, cuyas tropas tienen el mando militar en Irak); la primera cuando frisaba los 21 años de edad por tomar parte en el frustrado intento de acabar con la vida de Abdul Karim Qasim, a la sazón jefe de gobierno.


Tanto en esta, como en la segunda ocasión de haber sido sentenciado a muerte, no hay certeza de que se cumpla la pena. Ahora, no tanto porque un tribunal superior no ratifique el castigo al ex dictador —que debería hacerlo antes de 30 días para que el condenado fuera colgado en la horca—, sino porque en Irak los sentenciados a muerte no pueden serlo si cuentan con más de 70 años de edad. Hussein tiene 69 años de vida. Cuestión de tiempo. Por los pelos.


En este juicio, Hussein fue condenado a la horca por ordenar la muerte de 148 civiles chiís de Dujail en 1982. Esta es la primera ocasión que un ex mandatario árabe es juzgado por crímenes contra la humanidad en su propio país. No por esperada, la sentencia del Alto Tribunal formado ad hoc —a sugerencia del procónsul estadunidense Paul Bremer con el objetivo de juzgar a los gobernantes de la época baasista en Irak— deja de marcar un hito en la convulsa historia reciente del país.


Después de 11 meses de un polémico juicio que el ex mandatario ha aprovechado para poner en evidencia a los “conquistadores” de Estados Unidos, el veredicto subraya la clara y creciente división de la población iraquí. Mientras los herederos de las víctimas del sadismo e impunidad de Saddam Hussein —sobremanera la comunidad chií y la kurda oprimida durante el largo mandato de Hussein (1979-2003)— hicieron manifiesta su alegría por todos los medios a su alcance, el conglomerado suní ha expresado totalmente lo contrario. Algo parecido sucedió en el extranjero. A decir verdad, tanto en uno y otro bando no deja de aparecer un velo de hipocresía que más defiende sus propios intereses que la legalidad o ilegalidad del sonado proceso.

Desafiante

El propio Hussein se mostró “valiente” y desafiante al conocer el veredicto a muerte. Vestido con un traje negro y camisa blanca, en ningún momento mostró arrepentimiento por las acusaciones y crímenes que se le imputan, nunca bajó los ojos avergonzado. Todo lo contrario, en tono desafiante fue obligado a escuchar de pie —forzado por sendos guardias— la sentencia que le condenó a morir en la horca y en más de diez ocasiones lanzó proclamas intentando apagar la lectura del juez: “Alahu Akbar” (“Dios es el más grande”); “Viva el pueblo”; “Viva la nación”; “Son parte de la ocupación”; “Para nosotros la vida y para los enemigos la muerte”.


Ya no era la rata asustada, barbuda, sucia y flaca que fue capturada el 13 de diciembre de 2003 por soldados estadunidenses, oculto en un zulo (como llaman los etarras a los escondrijos donde ocultan a sus secuestrados), donde vivió varias semanas posteriores a su derrota en mayo de 2003. No cabe duda que los ex dictadores, como Hussein, cuentan con garantías legales que nunca tuvieron los detenidos y perseguidos por sus órdenes.

Sin que pueda haber una aceptación general por el juicio en contra de Hussein —fundamentalmente por las irregularidades procesales y la politización del mismo—, es claro que las culpas de Saddam son innegables.

Saddam y sus principales esbirros deben pagar sus culpas, con la esperanza de que si se llegara a aplicar la pena de muerte ojalá ésta no dé pie a un baño de sangre acentuado más en Irak, si cabe, la violencia en país tan desgraciado. Además de que los partidarios del antiguo dictador lo convertirían en mártir, lo que indudablemente dificultaría muchísimo la normalización del país, ya de por sí difícil. Mucho más justo habría sido, incluso para honrar la memoria de las víctimas, que Saddam hubiera sido juzgado por un tribunal especial internacional, pero los intereses estadunidenses (mejor dicho, los intereses del gobierno del presidente George W. Bush) se sobrepusieron a todo otro intento. Así suele ser la política internacional, sobre todo después de una guerra como la de Irak.

Aunque algunos analistas no le dieron mayor importancia, no puede soslayarse el hecho de que la sentencia de Hussein se haya dado a conocer exactamente dos días antes de las elecciones legislativas en Estados Unidos, donde las encuestas favorecen a los candidatos del Partido Demócrata en contra de los aspirantes del Partido Republicano en el que milita George W. Bush.

Ya se sabe, en política nada es casual y tanto Bush como sus correligionarios saben muy bien que el panorama electoral no les es favorable. Por lo mismo, un golpe mediático —de esos que tanto le agradan a Bush—, como indudablemente lo es la sentencia a muerte de Saddam, podría inclinar a muchos votantes a depositarle, de nueva cuenta, su confianza al actual mandatario estadunidense. Todo es posible.

Amenazas y asesinatos

El proceso contra Hussein ha estado plagado de amenazas y de asesinatos. Los terroristas suníes amenazaron de muerte a jueces, fiscales, testigos y funcionarios, mientras que los escuadrones de la muerte no dudaron en asesinar a tres abogados defensores.

Así, un día después de comenzar el juicio, el 20 de octubre de 2005, el abogado Saadun Sughaiyer al Yanabi fue secuestrado de su oficina en Bagdad y asesinado en la calle. El 8 de noviembre Adel Al Zubeidi, del grupo de defensores, fue acribillado cuando se desplazaba en su automóvil. El 21 de junio, el letrado Jamis al Obeidi fue sacado de su casa, torturado y asesinado en público en el barrio chií de Ciudad Sader. Hasta el momento nadie ha sido detenido por esos crímenes. Pero hay más: un familiar de uno de los jueces fue asesinado en septiembre, mientras que hace tres semanas fue tiroteado el hermano de uno de los fiscales. Otras cinco personas relacionadas con el tribunal —entre ellos un padre y un hijo que eran funcionarios— han sido asesinados durante los 282 días que duró la vista oral.

Además de Saddam también fueron condenados a muerte su hermanastro Barzan al Tikriti, ex jefe de los servicios secretos, y Awad Hamad al Bandar, ex jefe del tribunal que condenó a los 148 chiíes del pueblo de Duyail a la pena máxima por haber tratado de asesinar al entonces mandatario iraquí durante una visita al pueblo.

Asimismo, el ex vicepresidente del régimen de Saddam, Taha Yasin Ramadán, fue condenado a cadena perpetua por “participar en el asesinato de 148 personas”, junto a otras dos condenas, también de cárcel por delitos relacionados.

De los otros cuatro acusados, figuran menores del régimen de Saddam, tres —Ali Dayeh, Abdallah Kadum Ruwied y su hijo, Nezhar Kadum— fueron sentenciados a 22 años de cárcel en dos sentencias distintas y sólo uno, Mohamed al Azawi, fue absuelto.

Curriculum criminal

Aunque incluso Organismos No Gubernamentales, como Amnistía Internacional y otros gobiernos europeos, se declaran contrarios a la pena de muerte en el caso de Saddam Hussein y de cualquier otra persona, el hecho es que el ex dictador iraquí enfrenta, además, los siguientes cargos en otros procesos pendientes: ejecución de dignatarios religiosos en 1974; matanza de los miembros del clan Barzani, jefe kurdo, en 1983; campaña Anfal de limpieza étnica contra 180 mil kurdos, de 1986-1988; utilización de gases contra los kurdos en Haladja, causando cerca de 5 mil muertos en 1988; la invasión de Kuwait (la primera Guerra del Golfo Pérsico), en 1990; el aplastamiento sangriento de las rebeliones chií y kurda en 1991; y, por último, el asesinato de opositores durante 30 años. No hay un número exacto de estas víctimas, se calcula que son miles. Fueron enterrados en el desierto y sus cuerpos jamás se han encontrado, aunque a últimas fechas han aparecido fosas comunes. Este es parte del curriculum de Saddam Hussein.

El sueño de Saddam, que lo llevó a autoemparentarse con el profeta Mahoma —el sueño de muchos extremistas islámicos—, se truncó con la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados en 2003. En pocos días su “imperio” cayó por tierra, aunque esto no supone que la Casa Blanca haya obtenido todos sus objetivos, a la fecha Bush no sabe cómo salir de este berenjenal que bien puede costarle el mando absoluto en la Unión Americana.

A su derrota, Saddam anduvo escondido medio año hasta que lo capturaron en pésimas condiciones en el mes de diciembre de aquel año. A pesar de haber prometido no dejarse capturar vivo, se entregó sin resistencia. No estaba loco. Ahora, el Alto Tribunal, sugerido por Tío Sam, lo condenó a la horca. Pronto se conocerá el desenlace de esta truculenta historia.

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